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martes, 29 de septiembre de 2026

Cuando la fotocopia a color era alta tecnología

A raíz de la entrada de ayer sobre el singular cartel de los «Automóviles sin conductor» en la calle Santa Ana de Badajoz (ver aquí), paseando de nuevo por el centro, me topé con otra de esas maravillosas cápsulas del tiempo en la fachada de la antigua Papelería Paule. Un letrero luminoso de metacrilato y estructura metálica que resiste en lo alto, anunciando a letras bien visibles: FOTOCOPIAS  COLOR.





Para quienes hayan crecido en un mundo dominado por impresoras multifunción, archivos PDF y pantallas de alta resolución, la frase "Fotocopias color" no dirá gran cosa. Hoy el color es el estándar por defecto, lo natural, la norma invisible.

Sin embargo, en los años 70 y 80, hacer una copia a color era una rareza tecnológica cara y sofisticada (las primeras fotocopiadoras a color en papel normal, como la célebre Xerox 6500 lanzada a mediados de los 70, eran auténticas proezas de la ingeniería). Conseguir una reproducción cromática no era un trámite cualquiera: era un servicio casi exclusivo, reservado para proyectos importantes, trámites especiales o documentos de gran valor estético. Por eso, disponer de esa tecnología en el negocio no era una oferta más, sino un auténtico distintivo de vanguardia. Haber traído a Badajoz la capacidad de "fotocopiar en color" merecía, sin duda, un rótulo luminoso propio.

El propio cartel es un guiño visual: la palabra "FOTOCOPIAS" luce en un verde sobrio, mientras que cada letra de "COLOR" alterna varios colores en su neón interior, como si el propio letrero quisiera hacer gala de la variedad cromática que ofrecía la máquina tras la puerta.

Lo fascinante de estos letreros no es solo su nostalgia, sino la lección que nos dejan sobre el paso del tiempo. Toda vanguardia tecnológica acaba, tarde o temprano, convirtiéndose en algo cotidiano y, finalmente, en una anécdota entrañable pegada a una fachada.


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