Hace unos días regresé a Monfragüe. Invitado por unos amigos para disfrutar de la berrea (ese impresionante bramido con el que los grandes machos adultos defienden su territorio y atraen a las hembras), volví a recorrer el parque nacional que ya conocía de una visita anterior en junio de 2020. El magnetismo de esta época del año nos llamó de nuevo a escuchar ese eco bronco y ancestral de los ciervos resonando entre los valles.
Las fotos que pudimos captar muestran la otra cara de este espectáculo natural. En las imágenes podéis ver a las hembras y a los ciervos jóvenes —tanto gabatos (crías de primer año sin cuernas) como varetos (jóvenes de segundo año con sus primeras varas rectas)— pastando tranquilamente en la dehesa. Son ellos, con su presencia, los que desencadenan el potente canto de los machos dominantes, a los que pudimos escuchar con claridad pero que se mantuvieron esquivos a nuestra cámara.
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| Cierva adulta |
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| Ciervo joven (vareto) |
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| Ciervo joven sin cuernas (gabato) |
Sin embargo, cuando uno levanta la vista y se detiene ante los grandes farallones de roca, es inevitable que el viaje tome otro rumbo. Más allá del espectáculo de la fauna, Monfragüe guarda un secreto milenario escrito en sus riscos.
De Monfragüe (Declarado Parque Nacional en 2007, con una superficie de 18.396 ha.) podríamos hablar de muchísimas cosas: de la perspectiva única desde su Castillo, del histórico Puente del Cardenal, de sus centros de visitantes y el observatorio astronómico, o de la inmensa red de rutas de senderismo para la observación de aves y el disfrute de sus encinares y dehesas. Sin embargo, hoy vamos a centrar la mirada en dos de sus postales más arrebatadoras: el Salto del Gitano y la Portilla del Tiétar. A través de ellas, leeremos las páginas de piedra de este paisaje y descubriremos una conexión secreta que nos lleva directamente hasta Portugal.
El escenario: Páginas de piedra esculpidas por el tiempo
El relieve de Monfragüe no está ahí por casualidad. Las impresionantes crestas que hoy cortan el horizonte son los restos de enormes depósitos de arena acumulados en un fondo marino durante el Ordovícico Inferior, hace la friolera de unos 485 millones de años. Millones de años después, brutales fuerzas tectónicas (la Orogenia Hercínica) plegaron y levantaron aquellos sedimentos, convirtiéndolos en la durísima Cuarcita Armoricana. Los ríos Tajo y Tiétar hicieron el resto, encajándose con paciencia milimétrica sobre las rocas más débilmente consolidadas.
Maqueta didáctica y táctil en el Centro de Visitantes. A la izquierda,
la imponente estructura del Salto del Gitano con el río Tajo encajado;
a la derecha, los complejos pliegues de la Portilla del Tiétar sobre el río Tiétar.
1. El Salto del Gitano (Peña Falcón): La verticalidad del Tajo
Nuestra primera parada obligatoria es el Salto del Gitano (en plena Ruta Geológica del parque). Contemplar la mole de Peña Falcón impresiona a cualquiera, pero entenderla geológicamente le da otra dimensión.
Aquí nos encontramos ante el flanco invertido del gran sinforme de Monfragüe, donde las capas de cuarcita se alzan a entre 75° y 80° de inclinación: una pared rocosa tan brutalmente levantada por las fuerzas de la tierra que se queda a solo un suspiro de la verticalidad perfecta. Al ser la roca más resistente a la erosión, el río Tajo se vio obligado a abrirse paso de forma feroz a través de este desfiladero.
Y es precisamente sobre este andamio de piedra donde la biología obra su magia: las repisas inaccesibles de la cuarcita se convierten en el hogar perfecto para las colonias de buitres leonados, águilas imperiales, cigüeñas negras o el esquivo búho real.
2. La Portilla del Tiétar: El baile caprichoso de la pizarra y la cuarcitaSiguiendo hacia el norte del parque llegamos a la Portilla del Tiétar. Si el Salto del Gitano destaca por su imponente verticalidad, aquí la roca nos enseña su lado más flexible y artístico.
En este punto (conocido por las capas Pochico), la geología combina la cuarcita rígida con la pizarra, que es mucho más blanda y dúctil. Cuando la corteza terrestre se comprimió, ambas rocas reaccionaron de forma totalmente distinta: mientras la cuarcita se fracturaba o resistía, la pizarra se arrugó y adaptó en un fenómeno conocido como pliegues disarmónicos. El resultado visible en la roca es un oleaje de piedra ondulado y fascinante que vigila el curso del río Tiétar, mientras el roquero solitario o el alimoche sobrevuelan el cañón.
De Monfragüe a Penha Garcia (Portugal)
: Un mar sin fronterasLo más fascinante de este viaje geológico es que la historia que cuentan las rocas de Monfragüe no es exclusiva de este rincón de Extremadura.
Hace unos años visité Penha Garcia, en la vecina Beira Baixa portuguesa (ver
aquí), a apenas 120 kilómetros de Monfragüe. Al caminar por sus desfiladeros de cuarcita junto al río Ponsul, me di cuenta de algo extraordinario: estaba pisando exactamente el mismo océano. Las cresterías de Penha Garcia y las de Monfragüe se formaron en el mismo mar primigenio del Ordovícico, hechas de la misma "materia prima" (Cuarcita Armoricana).
La única diferencia es que, mientras en Monfragüe nos asombramos con la violencia de los grandes pliegues tectónicos y los farallones habitados por aves rapaces, en Penha Garcia la tierra nos dejó grabados sus detalles más íntimos en forma de Cruziana (las trazas fósiles de los trilobites que se arrastraban por aquel fondo marino).
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| Penha Garcia (Portugal) |
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Penha Garcia (Portugal)
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| Fósiles en Penha Garcia |
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Fósiles en Penha Garcia
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ConclusiónViajar a Monfragüe buscando la berrea es un auténtico espectáculo para los sentidos, pero detenerse a mirar sus rocas transforma la visita en un apasionante viaje en el tiempo. Nos recuerda que las imponentes paredes del Salto del Gitano y la Portilla del Tiétar no son solo un refugio de vida salvaje, sino los testigos silenciosos de un pasado marino que une nuestra tierra con Portugal a través de millones de años de historia geológica.