Hay huellas que el tiempo, lejos de borrar, se encarga de fijar con la fuerza de la gratitud y la memoria compartida. El pasado mes de mayo se cumplió el 35.º aniversario del fallecimiento de Doña Antonia Cerrato Sánchez, una maestra de las de antes, cuya vida entera fue un testimonio de entrega incondicional a la enseñanza y al pueblo que la acogió como suya: Bodonal de la Sierra.
Para quienes tuvimos la inmensa fortuna de conocerla personalmente, su recuerdo evoca inmediatamente la viva imagen del magisterio vocacional. Sin embargo, más allá de las vivencias particulares, la dimensión de su legado quedó bellamente retratada en las páginas de la prensa de la época. Tomando como base la emotiva crónica que el corresponsal Francisco García Sánchez publicó en el diario HOY el 24 de mayo de 1991, podemos reconstruir el perfil de una mujer inolvidable y el emocionante lazo que unió a dos pueblos extremeños en su despedida.
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| Diario HOY 24-5-1991 |
Doña Antonia era natural de la histórica villa de Medellín. Allí, en su localidad natal, le sobrevino la muerte la mañana del domingo 12 de mayo de 1991, cuando se encontraba a las puertas de cumplir los 80 años. No obstante, si Medellín fue la cuna de su infancia y el hogar de sus raíces familiares, Bodonal de la Sierra se convirtió en el escenario absoluto de sus desvelos y de su felicidad profesional.
Casi cincuenta y un años —se dice pronto— permaneció al frente de su querida escuela. Medio siglo gastado día a día en el quehacer diario de las aulas, una constancia pedagógica y un arraigo difíciles de ver hoy en día. En ese rincón de la Sierra Suroeste, Doña Antonia no solo enseñó las letras y los números; cautivó por completo el corazón de los bonalejos a través de una sencillez y una humildad profundas, ganándose el reconocimiento de todo el pueblo al ser nombrada, en un sentido homenaje en vida, Hija Adoptiva de Bodonal de la Sierra.
El último viaje por deseo propio
La crónica de 1991 narra con sobrecogimiento el traslado de sus restos mortales el lunes 13 de mayo. A pesar de ser natural de Medellín, de tener allí enterrados a los suyos y de que su familia aún residía en la villa del Guadiana, Doña Antonia dejó dispuesto un último deseo que reflejaba dónde estaba su corazón: quería descansar eternamente junto al pueblo de sus ilusiones, al lado de las generaciones de alumnos por las que se había inmolado con generosidad maternal.
Aquel día, Medellín y Bodonal se unieron en la fe, el dolor y, por encima de todo, la gratitud. El pueblo de Bodonal en pleno, encabezado por sus autoridades y el cuerpo docente, salió a recibirla. El testimonio de la época describe un silencio impresionante, roto solo por el correr de las lágrimas de los vecinos que la llevaron a hombros hasta el cementerio.
Una cátedra de generosidad en la despedida
La última escena que recoge el artículo de prensa de la época sitúa la acción en la parroquia de Bodonal. Con el féretro destapado en su parte superior, el pueblo entero desfiló ante el cadáver de su maestra en lo que el cronista definió con gran acierto como «la última lección que impartía doña Antonia en el aula magna». Fue la lección del desprendimiento generoso, el broche de oro a una vida dedicada a cubrir tantas necesidades materiales y espirituales de quienes la rodearon.
Treinta y cinco años después de aquel mayo de 1991, quienes recordamos su mirada y su firmeza educadora sabemos que la escuela de Doña Antonia sigue abierta en el recuerdo de cada bonalejo que aprendió con ella. Desde el respeto y el cariño de haberla conocido, sirva este artículo para que su memoria permanezca tan viva como la gratitud de los dos pueblos que tanto la amaron..

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