A mediados de julio, media España tiene la vista puesta en Pamplona, el chupinazo, la tensión de los adoquines y la adrenalina de los encierros. Pero esta mañana, a unos cuantos cientos de kilómetros al sur, en Bodonal de la Sierra, he participado en otro tipo de "Sanfermines".
Eso sí, cambiamos el blanco y el rojo por el verde de las encinas y el dorado del camino. Y el chupinazo, en lugar de pólvora, ha sido una espectacular nube de polvo suspendida en el aire, encendida por los primeros rayos del sol.
Mi tarea de hoy ha sido echar una mano para trasladar una manada de vacas de una finca a otra a través de los caminos locales. Nada de carreras agónicas ni vallados; solo el campo abierto, el sonido constante de los cencerros y el crujido de la tierra bajo las pezuñas.
Eso sí, no te confíes. Aunque van tranquilas, estas vacas se toman la caminata muy en serio. Al principio salieron con energía, marcando un paso bastante más rápido del que solemos llevar los humanos al caminar, aunque lógicamente el cansancio y el avance de la mañana las obligaron después a bajar el ritmo. Aun así, intentar mantenerles el paso constante en terreno de dehesa, cuesta arriba y sorteando las irregularidades del camino, te exige apretar el paso y tomártelo como un buen reto físico.
Esta vez no llevaba la cámara a cuestas —hoy tocaba arrimar el hombro y estar atento al ganado, no buscar el encuadre perfecto—, pero fue imposible resistirse a echar mano al móvil. Y es que cuando la luz de la mañana empieza a filtrarse entre las ramas de las encinas y choca contra el polvo que levanta la manada, la escena se convierte en una estampa única.
Las imágenes que acompañan estas líneas son el testimonio improvisado de ese trayecto: desde los primeros pasos envueltos en esa atmósfera mística de polvo y contraluz, hasta que el camino se abre paso entre paredes de piedra con el sol de frente.
Al final, estos son los encierros verdaderos: los que se saborean sin prisas, sintiendo el pulso de la dehesa y el respeto por las tareas del campo de toda la vida. La verdadera recompensa de hoy ha sido la desconexión de lo cotidiano, la satisfacción de haber echado una mano a los amigos, y volver a casa con las botas cubiertas de ese polvo del camino que tanto carácter le da a nuestra tierra.



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