Tras publicar el pasado 11-9 la entrada sobre la visita a la Peña de Alájar, sus cuevas y el legado de Arias Montano (ver aquí), varios amigos y lectores me escribían comentándome un recuerdo común. Un detalle costumbrista que a todos se nos encendió en la memoria casi al mismo tiempo.
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| Peña de Alájar |
Conviene recordar el contexto de aquellos años 50 y 60: para la inmensa mayoría de las familias de nuestra tierra, la palabra "vacaciones" no existía en el vocabulario práctico y la playa era casi un mito inalcanzable. No había veraneos, ni hoteles, ni escapadas estivales. Por eso, el "gran viaje" de nuestras vidas —el que se preparaba con ilusión durante semanas o la excursión estrella del colegio— consistía en subir un domingo en autobús a la Peña de Alájar y bajar a las profundidades de la Gruta de las Maravillas en Aracena.
| Entrada a la Gruta de las Maravillas - Aracena |
Aquella combinación de cueva, paisaje infinito y bocadillo de tortilla era, para nuestra capacidad de fascinación, la cúspide de la aventura y el turismo.
Hoy la escala de las expectativas ha cambiado de forma radical. Los niños de ahora reciben como regalo estrella de la Primera Comunión un viaje a Disneyland Paris entre decorados de plástico y castillos de resina, mientras que en los institutos las excursiones escolares ya no visitan la comarca vecina, sino que vuelan hacia las islas o incluso cruzan el Atlántico rumbo al Caribe.
La paradoja es evidente, y en ella nos cabe a nosotros bastante culpa: hemos sido los propios padres y abuelos quienes, tal vez llevados por el afán de darles a nuestros hijos y nietos todo lo que a nosotros nos faltó, hemos alimentado esa espiral. Hemos multiplicado la logística, los kilómetros y el gasto para entretener a las nuevas generaciones con escenografías artificiales y consumo globalizado, olvidando enseñarles que la verdadera capacidad de maravillarse nunca ha dependido del billete de avión, sino de la mirada.
Aquellas sencillas salidas de juventud a la Sierra de Aracena no solo nos enseñaron geología, botánica o historia viva a través de la figura de Arias Montano. Nos enseñaron algo mucho más profundo: a educar la vista, a valorar lo extraordinario dentro de la sobriedad de nuestra época y a descubrir que la verdadera magia no necesitaba adorno industrial. Estaba —y sigue estando— esculpida en la propia roca caliza, a la vuelta de la esquina.

Anécdota al margen (a raíz de esta publicación):
ResponderEliminarCuriosa contestación por WhatsApp de una amiga —precisamente una de las que me recordaba su excursión de colegio a la Sierra hace décadas— al leer esta entrada:
«Ahora de jóvenes aprovechan para irse ellos, que pueden... ¡ya se irán a Aracena con el IMSERSO!»
Y lo cierto es que no le falta razón: la vida da tantas vueltas que la geografía del asombro termina llamando a la puerta tarde o temprano. Hoy devoran kilómetros hacia el Caribe o París, pero cuando pasen las décadas y busquen la calma, la buena mesa y la historia con mayúsculas, terminarán redescubriendo Aracena y la Peña de Alájar montados en el autobús del IMSERSO.